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lunes, 12 de julio de 2010

jueves, 17 de junio de 2010

No soy de acá

Estoy solo. Camino por las calles de esta ciudad alienígena, bajo la llovizna, entre los nativos.
En realidad es una suerte que llueva, porque me permite usar mi impermeable, lo cual evita que mis 'exóticas' ropas se vean. Así paso desapercibido. La ropa es lo único que me distingue de los nativos. Habría que hacer un análisis genético y ver cuán iguales somos en realidad.

Descendimos en un descampado de las afueras, pero algo pasó y el transporte volvió a Nave-Madre sin mí. Buen momento para venir a enterarme que mi conexión no funcionaba correctamente.
No se bien como explicarlo, pero los nativos tienen posibilidades de vida muy diferentes. Dramáticamente diferentes. Algunos mueren de hambre o enfermedades facilmente evitables, pasan privaciones y otros disponen de satisfacción ilimitada.

Por lo que observamos desde órbita, será fácil conquistarlos. ¡Como que se están matando entre ellos! Aunque parezca mentira, terminan con la vida de otros. Es más, se realizan operaciones organizadas de grupos de individuos contra otros grupos. Tal vez la esclavitud que les brindaremos les resulte más llevadera que su estilo de vida actual.

Uno de ellos se me acerca.
-Disculpe jefe, ¿la parada del 141?
-Lo siento, no soy de acá.

domingo, 2 de mayo de 2010

Vecinos

Marina estaba en su terraza, descolgando ropa, mientras tarareaba "El vals de las flores", del "Cascanueces", cuando una ráfaga de viento capturó una de sus tangas, arrojándola por sobre la pared medianera.
Marina vive sola en un minúsculo PH, cerca de Parque Centenario. Solía lavar su ropa en un laverrap cercano, pero desde que retomó la universidad (con todos los gastos que ello implica), lo hace ella misma los sábados.
Encaramándose a un cajón de cerveza, resabio de una fiesta, se asomó por sobre la pared lindera, buscando la prenda. Lo primero que observó fue a su vecino, un chino o coreano, trabajando con un artefacto, mezcla de antena televisiva y escultura de Xul Solar. La bombachita estaba a solo unos pasos del chino (o coreano). Rara vez lo había visto y mucho menos habían cruzado palabra.
-"¡Hola!" gritó Marina.
El pobre chino pegó un salto, como un chico atrapado cometiendo una travesura.
-"Disculpe, no lo quise asustar. Se me voló eso..." dijo, señalando timidamente a la tanga.
El chino, sin decir palabra, pero con una rara sonrisa, caminó, se agachó, tomó la bombacha y se la alcanzó.
"Que raro es este vietnamita o laosiano o lo que mierda sea. Camina como un pingüino y se agacha como un robotito." pensó Marina.
-"Muchas gracias, y disculpe".
El japonés o filipino apenas hizo un gesto con la cabeza y se metió dentro de su casa.
Marina volvió al "Cascanueces" y a la ropa y se concentró en que cocinaría esa noche.

-"La mujer de al lado me dió un susto tremendo." dijo el chino.
-"¿Que pasó?" preguntó una mujer, obviamente china o coreana.
-"Estaba trabajando en el transpondedor, y se le cayó una ropa. Y me habló."
-"¡¿Y que hicistes?!", respondió  alarmada.
-"Nada. Se la alcancé y me metí dentro. Igual ya había terminado."
-"¿Crees que sospecha algo?"

-"No, quedate tranquila." Y con ambas manos comenzó a sacarse la máscara de humano, para dejar al descubierto unas facciones insectoides, de un verde iridiscente.

viernes, 9 de abril de 2010

Despertar


Me despierto de golpe. Estaba soñando con El Método Greyskull, Grönholm o como se llame. 
Estiro los brazos hasta tocar la pared detrás del inexistente respaldo de la cama. También estiro las piernas, lo que provoca que las sábanas de color rosa viejo se deslicen de la cama y tapen a la gata, que duerme en un almohadón en el piso. El felino, obviamente, no se inmuta.
Me siento y tanteo con los pies buscando algún calzado. Encuentro una pantufla azul y una zapatilla negra, ambas del pie izquierdo.
Opto por la "descalcés".Voy tanteando hasta el baño, donde pisho una larga y poderosa meada. Es increible la cantidad de líquido que se puede juntar en la vejiga durante 6 horas de sueño.
Me lavo la cara y las manos, le saco la lengua al espejo y me dirijo a la cocina.
Pongo la pava para el mate y preparo café, aún no me decido que tomaré.
Mientras sintonizo la radio, Luna se trepa a la mesada y me reclama mimos.
Con la gata aún en brazos, me acerco a la ventana y descorro la cortina, para ver como viene el clima.
Y casi me caigo de culo.
El familiar paisaje de edificios residenciales y comercios de cuero ha mutado. Villa Crespo se ha convertido en unas futurístas Tokio, Kuala Lampur o Shangai.
[20060424_PointofView_full.jpg]Unas torres de decenas de pisos, unidas por puentes a una altura increible ocupan el centro del panorama. 
Incluso pareciera que la ventana desde la cual miro está a cientos de metros sobre el suelo.Un río cristalino atravieza esta nueva ciudad.
Alcanzo a distinguir vehículos aéreos, similares a viejos Fords o Chevrolets de los años 40, pintados de colores vivos y brillantes.
La gata se mueve inquieta.
Abro los ojos y veo que aún estoy en mi cama. Desde un rincón, Luna me mira con sus ojos amarillos.

domingo, 7 de marzo de 2010

Traición

José se levantó más moucho, más embotado que de costumbre.
Arrastró los pies hasta el baño y se lavó la cara. Miró la imágen que le devolvió el espejo y pensó que definitivamente no tenía buena cara.
Un sentimiento de inquietud repentina le hizo volver rapidamente a su cuarto. Allí, sobre el escritorio, estaba el pendriver. Alzarlo le devolvió la tranquilidad.
Parte de la culpa de su embotamiento la tenía el calor que no dejó de apretar en la última semana, día y noche. Pero también las botellas de Cabernet-Sauvignon que había tomado en la casa del Negro

El Negro era escritor, aún no reconocido, se ganaba unos mangos escribiendo críticas literarias, ensayos cinematográficos y otras huevonadas. Pero no sabía nada de computación, era casi fóbico a la tecnología. José lo había convencido para que deje de lado la vieja Remington comprada en un remate judicial y adquiriera una PC en cuotas, y una impresora.

Una o dos veces por semana, José visitaba el altillo del barrio del Once donde el Negro vivía y le revisaba la máquina y evacuaba dudas. A cambio, el Negro cocinaba o compraban unas empanadas y se tomaban algún vinito.
El Negro era gay.  A José eso no le molestaba, ninguno se metía con la sexualidad del otro. Al contrario, la condición reconocida de gay de su amigo le servía (y le serviría aún más durante la investigación policial), para mejorar su apariencia, gracias a los consejos que el Negro le daba y a la proliferación de mujeres que revoloteaban a su alrededor.

Anoche había visitado al Negrito por última vez. Pidieron empanadas (dos de carne picante y una de pollo para José, una de verdura, otra de queso y cebolla y la tercera de tomate, albahaca y queso para el Negro).
Abrieron y tomaron tres botellas de un tinto mendocino espectacular y charlaron.
El Negro insistió en pagar él y cuando sonó el timbre, mientras José destapaba el vino, corrió radiante a atender al pibe del delivery, como esas novias de películas norteamericas, que corrían a recibir al joven (invariablemente llamado Bill o Jack o Hank) que volvía de la guerra en el Pacífico o Europa. Incluso le dejó una buena propina al chaboncito.
-¿Que te pasa que estás tan contento?
-¡Acabo de terminar mi novela! Y, modestia aparte, creo que será un best-seller.
-¡Te felicito Negro!
Y apenas terminó de decir esto, el plan nació en su mente. A medida que la velada avanzaba (y el vino se "evaporaba"), el plan fue tomando forma.
Y cuando la tercera botella se terminó, José la tomó y con ella le partió la cabeza.
Lo demás son solo detalles. Desnudar el cuerpo exánime de su amigo (ahora su víctima), meterle un vibrador en el culo, llenar la bañera, meterlo dentro, limpiar la escena.
Levantó el archivo novela.doc y otros archivos en el pendriver, borró todo rastro en la PC.
Cargó en un bolso algunas cosas de valor para aparentar un crimen (en el camino se deshacería de él) y se fue, con otra ropa puesta, por las dudas algún vecino insomne lo viera salir.
Llegó a su departamento y se acostó.
A media mañana llamó a la casa del Negro, pero obviamente nadie atendió. Dejó un mensaje casual, "¿Como andás Negrito? ¿Te parece que el martes pase por tu casa? Avisame. Chau."
El martes volvió a llamar. El jueves lo llamó la policía, apenas descubierto el cadaver. Fue a la morgue a reconocer el cuerpo, hasta lloró y todo (solo Dios sabía la falta que le hacía descargarse).
Declaración ante un suboficial gordo y sudoroso. Crimen pasional seguido de robo, estos putos terminan así dijo el policía (luego pidió disculpas por el término), se levantan a un chongo y después aparecen muertos culoparriba, uno o dos de estos casos tenemos al mes, lo peor es la familia, seguía diciendo el cana, que a veces se entera de esta forma que el muerto era trolo. Vaya nomás.
José salió de la comisaría pensando en la guita que ganaría con la novela. Seguro se la dedicaría al Negrito, pobre, es lo menos que podía hacer.

domingo, 14 de febrero de 2010

Juegos

3:15 AM
Húmedad del 99% que me cala hasta los huesos. 
Camino sigiloso pegado a las fachadas, fijandome donde piso.Las nubes cargadas impiden ver la luna, con cuya luz contaba para paliar la oscuridad.
 Sin previo aviso, surge de un portal un gato. Me pongo en guardia. 
Más asustado que yo, me dedica un lastimoso "maeuuu" y se pierde entre los autos estacionados.  
Exhalo, me relajo y sigo. Más allá un barrendero junta unas hojas amarronadas. 
¿Barrendero?
FIZZZZZZZZZZZ

 ¿Como no me dí cuenta? Me distraje por el puto gato.
 Mientras caigo de espaldas, las nubes se abren un poco y alcanzo a ver una estrella, quizás Procyon.

-¡Que buen agujero! ¡Se puede ver para el otro lado! 
-Me encantan estos humanos, como huelen sus carnes cuando los laserás. 
-¡Que buen truco lo del gato! 
-No, en eso no tuve nada que ver, salió de casualidad. 
-¿Jugamos otro? 
-Bueno, pero vayamos ahora del lado diurno del planeta, ¿dale? 
-Dale.

domingo, 7 de febrero de 2010

Amor sin barreras

Triste la historia de Monique Temperno, destacada zoóloga francesa, quién en 1934 viajó al Congo, integrando una expedición naturalista.
Apenas desembarcados en Brazzaville, capital de la colonia, Monique se abocó al estudio de la flora y la fauna local, realizando con celo profesional sus tareas.
Llegó a descubrir y catalogar 4 especies nuevas de mamíferos, 2 de reptiles y 4 de aves. Su mayor aporte fue el descubrimiento de la hoy extinta Ave Hemorroidal. Precisamente, la observación de una de estas aves, en pleno período de celo y con los atributos que le dan nombre desplegados al máximo, fue la causa de su desdicha.
Efectivamente, persiguiendo un magnífico ejemplar, cruzó inadvertidamente la frontera con el Sululato de Mondongo, tierra bravía, vedada a los ojos europeos.
Hete aquí que la pobre Monique Temperno fue atrapada por una tribu de los infames gorilas garchadores de Mondongo. Tres días estuvo la infausta en las garras de esos malvados seres, verdadera aberración de la naturaleza, sometida a toda clase de vejámenes, hasta que fue rescatada por un escuadrón de la Legión Extranjera.
Pero el daño estaba hecho.
Fruto de la bestial relación,  nueve meses más tarde nacía Jean Luc, su único hijo, quién a pesar de todo, continuaría sus estudios científicos.  Jodida fue sin duda la infancia y la adolescencia del pobre Jean Luc. Aunque se destacó en los deportes, nunca se pudo sentir integrado, por el contrario, en todo momento se sintió segregado, siendo blanco fácil de las puyas de sus condiscípulos, quienes le apodaron l'anthropoïde, garçon poilue, petit gorilla, le pelotudé, etc.
Jean Luc, ya con un título de la Sorbone en su haber, viajo en 1962 al Congo, con el objeto de pasar al Sululato de Mondongo, en busca de sus raices paternas, pero fue atrapado por un comerciante de animales y vendido a un circo norteamericano.
Jean Luc posteriormente logró establecer su identidad y hasta su jubilación en 2003, enseñó Antropología en la Sorbone y Oxford.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Predador

Hace 10 días que en la oficina cambiaron a la señora de la limpieza.  Lo primero que le dijeron cuando entró fue :
-"Angélica, acá el principal problema son las cucarachas. Parece que no hay insecticida que las mate."
-"Quedate tranquilo, che Don Diego, yo me voy a encargar de esos bichos."
Hace 10 días que en la oficina no se ve ni una sola "cuca".
Diego la felicitó a Angélica antes de irse. Angelíca sonríe y se sonroja.
Hace ya una hora que todos los empleados se fueron. Angélica está lavando las tazas, mientras escucha a "Los del Ivotí".
Un par de antenas se asoman entre el zócalo y el piso. Son seguidas por el resto de una cucaracha.
Angélica abre la boca y su lengua se dispara como una saeta, atrapando al insecto. La mujer muerde y traga, y sige lavando, mientras tararea un chamamé.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Jack

El rubio Jack Johnson se acurrucó en el portal de una casa. Hasta él llegaban los ecos de la batalla. Gritos, lamentaciones, disparos, explosiones.
"¿Que mierda estoy haciendo acá, tan lejos de casa?" se preguntó. Y recordó.
Se había enamorado de la dulce Mary. De su pelo, de su piel, de su perfume. Tuvieron un par de encuentros furtivos en el límite entre ambas granjas, donde se amaron con la pasión que solo se puede tener a los 17 años y se prometieron amor eterno.
Sin embargo, un día su padre, viudo desde hacía algún tiempo, le anunció que se casaría con ella en unos meses, a cambio de una sustancial dote.
Mary se instaló en la habitación paterna. De noche Jack podía escuchar los gemidos, risas y jadeos a través de la delgada pared. La dulce Mary se había convertido en la desdeñosa e impúdica Mary.


Por la esquina pasan hombres corriendo. Desde el portal, Jack no alcanza a ver si son enemigos o de los suyos. Se acurruca aún más.


La furia fue creciendo dentro de Jack y una noche de verano, luego de una especialmente ruidosa noche de lujuria, entró al cuarto de su padre. Ambos estaban dormidos y desnudos, una pierna de ella sobre el voluminoso vientre de él. Pensó en su madre, pidió perdón a Dios y los acuchilló. Primero a su padre, quién no alcanzó a despertar, seguramente alcoholizado. Mary abrió los ojos y lo miró cuando hundió el puñal entre sus senos y la sangre, roja como el vino, se deslizó por su vientre, blanco y terso.
Soltó a los animales, prendió fuego a la granja y huyó.
Se enroló en el ejercito con un nombre falso. Casi de inmediato lo subieron a una nave. El viaje fue una pesadilla, Jack no paraba de vomitar. ¡Él era un granjero, no un marino!
Las tropas desembarcaron y avanzaron sobre la ciudad, a la que creían indefensa. Pero los nativos se defendían casa por casa. Pronto Jack se encontró separado de sus compañeros y se escondió en el portal de una casa.
Comenzó a llover en una fría mañana porteña de julio de 1807.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Del otro lado

¿Como describir lo que siente una pelusa al ser atrapada por una aspiradora?
Así me sentí cuando el hoyo negro me atrapó.
Estaba en órbita, solo en mi pequeña cápsula. Una misión rutinaria, mi objetivo era probar instrumental y equipo. Mi país estaba dando sus primeros pasos en el cosmos.

Sin aviso previo, una fuerza comenzó a jalar de la cápsula. Lo único que distinguí fue una distorsión sobre el fondo de las estrellas. Fue todo muy rápido y apenas si tuve tiempo de preocuparme.

Nunca tomé drogas alucinógenas, pero una vez dentro del hoyo todo se deformó y los colores cambiaron, supongo que eso debe sentir un adicto a los psicotrópicos.

Y luego salí, del otro lado. ¿Estoy cerca o a millones de parsecs? Da lo mismo, nadie vendrá por mí.
Ya pasó una hora y puedo confirmar que el envión me empujó en dirección a un planeta ¿Será el mío? Por las dudas, me aferró al comunicador, pero nadie me contesta.

Dos horas desde mi salida del hoyo. Entro en una órbita decreciente.
Doy gracias por el entrenamiento recibido. Siendo inevitable mi descenso, logro maniobrar para evitar caer en un mar. Me poso en un valle. Ni siquiera me preocupo en comprobar si la atmósfera es respirable o la temperatura aceptable ¿para que? Morir asfixiado en la cápsula o afuera me da igual.

De detrás de unas rocas se me acerca un ser, armado con una lanza corta. Es evidente que no estoy en mi planeta.
Le dirijo un breve saludo. El ser me contesta y repite una palabra, tocándose el pecho, debe ser su nombre, algo así como "Gilgamesh".

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Un viaje en subte

Me subo al subte en Malabia y milagrosamente, consigo un asiento libre. Debe ser como dice Antonio, el electricista nomás, eso de "visualizar" un asiento y el asiento aparecerá.
Me acomodo entre una señora sesentona gorda, con el pelo color kerosen y un oficinista con aspiraciones de yuppie que lee una revista de 'ai-ti-bisnes'. Enfrente hay una señorita rubia que duerme con la boca abierta y un pibe (con aspecto de cadete) de pelo grasoso, que mira de reojo el generoso escote de la rubia.
Cierro los ojos para descansar un poco la vista. Esa es la excusa oficial; en realidad me hago el dormido para no dejar el asiento que supimos conseguir a ninguna embarazada o anciana que eventualmente pudiera o pudiese subir.

Siento que me tocan. Es la señora de pelo color kerosen que me habla. Debe ser extranjera, danesa, sueca o lituana, que se yo. Trato de hacerme entender en inglés pero no hay caso. La tipa menea la cabeza y se levanta. Miro a mi alrededor y veo que todos se bajan, incluso la rubia que dormía y el pibe (con aspecto de cadete) de pelo grasoso.
Pienso que llegamos a L.N. Alem, cabecera de la línea B, pero no reconozco la estación. Me fijo en los carteles y para mi horror, están escritos en una grafía desconocida."Calma Dieguito, es ese medicamento para presión, que te tiene a mal traer" me digo.
Sigo a la multitud que emerge a la superficie y desemboco en una ciudad extraña, de una arquitectura lovercraftiana. Escucho conversaciones en la misma lengua dura y cortante en la cual
me habló la sesentona.
Mi desconcierto va en aumento, pero alcanzo a imponer mi lado lógico y racional. "Si pasé a otra dimensión viajando en subte, debería volver a mi "propio lado" de la misma forma".
Así que me meto en la extraña estación, busco lo que parece ser una boletería y me acerco a la ventanilla. Sonrío a la boletera, le hago "uno" con el índice y le paso un billete de 2 pesos. La tipa lo mira, dice algo y me lo devuelve. Me quedo paralizado, la gente de atrás refunfuña y la boletera le hace una seña a un guardia. Cuando el tipo se me acerca, retrocedo y cuando intenta tomarme por el brazo, le pateo las bolas.
Y comienzo a correr. Y salgo a la calle y sigo corriendo...


Hace cuatro horas que estoy dando vueltas por esta metrópolis de pesadilla, esquivando a sus raros autos de 3 ruedas.
Finalmente encontré otra estación de subte. La estoy vigilando. En cuanto el guardia se descuide, me meto.

martes, 6 de octubre de 2009

Un hombre catastrófico

-Computadora, inicie grabación bitácora personal Alférez Dionisio Pachacutec Rodríguez, fecha estelar...


Odio la fecha estelar. En realidad no es que la odie, solo es que prefiero usar la vieja nomenclatura terrestre. La fecha estelar me parece tan impersonal, tan... . Bueno, nada. Veamos, hum, sí, 13 de septiembre de 2385.


¿Tendré que convencerme – UNA VEZ MÁS - que soy el único sobreviviente?


Todo sucedió muy rápido. Al entrar en una estación espacial (no sé si la 74 o la 47) fallaron los impulsores, la nave se incrustó en el puerto de amarre, arrasó a los operarios, los pasajeros, barrió la sala de control, el comedor, la bahía de carga. Estallaron las consolas, cayeron las mamparas, falló el control energético, hubo fugas de plasma.


No hay más que piernas y brazos por todas partes: bajo los asientos, en los pasillos, frente a los replicadores. De mi compartimiento (mi celda de castigo, bah, donde fui encerrado por una nimiedad) solo queda un pedazo de puerta. El campo de contención fue lo que me salvó. Duró lo suficiente para protegerme y luego se fué la energía.


Echo a un lado los cadáveres que me rodean, rectifico la prolijidad de mi uniforme, y salgo, lo más campante, sin una arruga en el pantalón.

Aunque preveo lo que sucederá, otras veces me embarco con la esperanza de que mis presentimientos resulten inexactos.


Yo soy - ¡qué le vamos a hacer! – un hombre catastrófico.

Como cuando me embarqué en ese crucero ¡de placer! en Rhisa. “Navegue al estilo del siglo XIX”, decía el folleto. Al tercer día de navegar se oyó - ¡en plena noche! – un estruendo metálico, intestinal, infernal. Y luego un ruido como de grasa frita. ¡Mujeres semidesnudas! ¡Hombres en calzoncillos! ¡Llantos! ¡Gritos!.


Mientras los pasajeros se empujan – a oscuras – al asalto de los botes de salvamento, yo aprovecho para zambullirme, y ya en el mar, contemplo, con la impasibilidad de un corcho, el espectáculo.


¡Horror! El buque cabeceó, tembló, las chimeneas tosieron, se sumergió y explotó.


¿Tendré que convencerme – UNA VEZ MÁS - que soy el único sobreviviente?



Inspeccioné el sitio del naufragio. Aquí y allá un salvavidas, una silla de mimbre, una aleta de tiburón. ¿NO ES QUE NO HAY DEPREDADORES EN RHISA? Calculo el rumbo, y después de batir todos los records en nado, entro, a las dos horas en el puerto de Nueva Nueva York.



¡Con qué angustia, con qué ansiedad, compruebo que que soy el único sobreviviente, porque yo soy - que le vamos a hacer – un hombre catastrófico!



(Homenaje a Oliverio Girondo)

lunes, 27 de julio de 2009

Un paseo demasiado largo VI - final

Pasaron varias horas, las cuales Sofía las pasó sentada en el bote, con la mente perdida. Finalmente, lo ató al velero, abordó este y siguió rumbo al norte.
Los salvajes siguieron al “Macarena” desde la playa, trotando como una manada de lobos hambrientos. Finalmente se cansaron o decidieron que no valía la pena y emprendieron el regreso donde sus compañeros seguramente ya habrían trozado al alce, disponiéndolo para su transporte hasta su campamento.

Esa noche Sofía se derrumbó en la litera. Se durmió agotada, pero eso no le impidió tener pesadillas horribles.
Al alba, tomó una decisión. Buscó una bandeja de metal y encaramándose en el bote de goma, se dirigió hacia una playa.
Tomando precauciones antes de desembarcar, arrastró el cuerpo inerte de su compañero hasta unas dunas. Allí, empleando la bandeja a guisa de pala, cavó una improvisada tumba. Colocó allí el cadáver de Joaquín y lo tapó con arena y piedras.
Hubiese querido armar una cruz o un ramo de flores, pero se sentía insegura, los primitivos podán aparecer en cualquier momento. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Cargo agua de un arroyuelo en un bidón de plástico y remó de vuelta al velero.

"Nunca me he rendido fácilmente, no empezaré ahora."

Fin

jueves, 23 de julio de 2009

Un paseo demasiado largo V

Un grito les heló la sangre.
Sin detenerse, miraron hacia atrás. Lo que vieron, los aterrorizó.
Uno de los integrantes de la partida de caza los detectó y desprendiéndose del grupo junto a un par más de esos peludos y grotescos humanoides, comenzó a perseguirlos.
Sus cuerpos bajos y rechonchos parecían volar entre la vegetación, sin embargo los jóvenes lograron mantener cierta ventaja.
Ya en la playa y a toda velocidad jalaron del bote hacía mar adentro. A bordo y remando con fuerza, vieron que los primitivos se detenían y no ingresaban al agua.

-¡Por Dios, parecen Neandertales! Gritó uno de los dos, tal vez Sofía, recordando las clases de Historia en la prepa, que tanto odiaba. No era de las chicas más populares, ya que aún no se había convertido en la hermosa mujer que era hoy día.

Pensaron que estaban a salvo, cuando uno de los perseguidores, les lanzó una piedra del tamaño de un celular, con tanta puntería que impactó en la cabeza de Joaquín, quien se desmoronó, con el cráneo destrozado. Sofía se agachó para socorrerlo e intentar reanimarlo.
Pero sus esfuerzos fueron inútiles, luego de algunos estertores, Joaquín falleció.

Un bestial grito de triunfo surgió de la garganta de los salvajes. Sofía siguió remando hasta el velero, sin dejar de repetir el nombre del joven andaluz, mientras lloraba.

lunes, 13 de julio de 2009

Un paseo demasiado largo IV

-Esta caleta está buena. -dijo Joaquín, tratando de sonar convincente - Echaremos el ancla aquí y bajaremos a tierra con la balsa inflable. Ya verás rubia, encontraremos alguna finca o cruzaremos la colina hasta una ruta y pararemos el primer carro que pase.

Así lo hicieron. Estaban asombrados de lo rústico, lo agreste del paisaje. Nunca pensaron encontrar una vegetación tan exuberante. Vieron aliagas, perfumados tomillos, guillomos, bonitas rosas silvestres y el infaltable espino albar, con sus flores blancas y olorosas.
Ni trazas de actividad humana en absoluto. Treparon a un promontorio y otearon en todas direcciones, pero en vano.

Volviendo a la playa, cruzaron un arroyuelo que bajaba hacia el mar, se refrescaron y bebieron. Un sonido entre los matorrales los sobresalto. Joaquín se interpuso entre el ruido y compañera.

Una cabeza peluda se asomó entre un grupo de sauces, del tipo salix viminalis. Un animal enorme, sin prestarles la más mínima atención, se dirigió hasta el arroyo y comenzó a saciar su sed. Quedaron paralizados.
El cuadrúpedo era sin duda un herbívoro y guardaba semejanza a un alce, de esos que se ven en los documentales sobre la tundra canadiense.
¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Se habría escapado de alguna reserva o de un zoo privado? ¿O eran ellos los que estaban lejos de casa? El joven sonrió al solo pensar en esa posibilidad, la cual desechó por ridícula.

Continuaron su camino, tomados de la mano, tratando de no importunar al animal, rumbo a la balsa.

No habían recorrido más que algunos metros, cuando se produjo una conmoción a sus espaldas. El “alce” o lo que fuera, trataba de escapar, dando cornadas y coses a un grupo de seres completamente desnudos, unos hombres (de alguna forma había que llamarlos), quienes armados de palos aguzados y porras, trataban de matar al animal, manteniéndose a distancia para evitar al furioso herbívoro, el cual, sintiéndose acorralado, arremetía contra el grupo, mientras emitía unos bramidos atronadores.

Eran bajos y fornidos, de brazos largos y torso rechoncho. Todo su cuerpo estaba cubierto de una hirsuta pelambre. Tenían la frente huidiza y un prominente arco superciliar.

Algunos de los bestiales sujetos, debido a la excitación, tenían su miembro erecto. A la joven se le revolvieron las tripas al solo pensar en...
-¡A correr! Susurró la joven rubia y a la carrera, esquivando arbustos y rocas, se dirigieron a la playa.

continuará...

martes, 7 de julio de 2009

Un paseo demasiado largo III

Resumen: Sofía y Joaquín se embarcan en un viaje para limar asperezas, cosa que logran... pero pronto se verán envueltos en una aventura.

El viento que los había empujado desde la marina Port Vell había cambiado, convirtiéndose en ráfagas furiosas, haciendo inútil y hasta peligroso conservar el velamen. Entre ambos arriaron las velas. Mientras Joaquín trataba infructuosamente de echar andar el motor, le daba indicaciones a Sofía, quién había tomado el timón.
-¡Gira a babor! ¡Buscaremos refugio en la rada de Cubelles!
Sin embargo la peculiar neblina los alcanzó antes de llegar a la costa. Joaquín suplantó a Sofía en el timón y ella se dedicó a transmitir por radio la última posición al Guardacostas.
Pero pronto quedó en claro que estaban a merced de los elementos.
Envueltos en la extraña luminosidad, sin compás, sin GPS, solo estática en la radio. Incluso a la mujer le pareció ver dos soles en el cielo, esto antes de perder la noción de babor y estribor, arriba y abajo.


Por momentos el “Macarena” era elevado por los aires a causa de alguna ola furibunda y momentos después parecía hundirse en una oscura sima. El cielo, despejado cuando empezaron a besarse, se convirtió en un calidoscopio de luces y nubes. Los rayos caían cerca del velero.
Hicieron lo único prudente, meterse en el camarote y ponerse los chalecos salvavidas. Esperaron abrazados.

¿Cuánto tiempo duro esto? Tal vez algunos minutos, pero a la pareja le parecieron días. Tomados de la mano, abrieron la escotilla y subieron a cubierta. La calma era total. Las olas mortíferas habían cesado, así como los rayos. La neblina se había disipado por completo y soplaba una leve brisa. Rápidamente, trataron de ubicarse. El compás había vuelto a funcionar no así el GPS.
-¿Estás herida?
-Solo en mi amor propio. El susto que ligué fue tremendo.
-También yo, no te vayas a creer. ¡Que tormenta del carajo, joder! Nunca vi nada semejante. Tan repentina…
-Joaquín, esto no fue una tormenta. Aquí ha pasado algo raro. El cielo y esa niebla, bueno chaval, que no soy una marinera hecha y derecha, pero no me digas que fue una tormenta…
-Si, tienes razón, además el maldito GPS sigue muerto y en la radio no hay más que puta estática.
-Mira, la portátil esta igual, nada, ni en AM ni en FM, como si no se hubiese inventado el radio aún. Y ni hablar del celular, “sin señal”.
-Jo! No os preocupéis, mira, allí está la costa, ya verás que pronto nos encontraremos en Cubelles, saboreando una rica paella.

Mientras rumbeaban hacia la costa, Joaquín y Sofía especularon sobre el fenómeno. ¿Una bomba atómica? ¿Una erupción solar? ¿Un pulso electromagnético?
Una hora después, navegando siempre paralelos a la costa, no pudieron encontrar la marina de Cubelles, ni siquiera ningún rastro de edificación. En la radio solo estática.
Se dirigieron hacía el norte, de vuelta a Marina Port Vell, con el hombre al timón y la joven rubia transmitiendo un SOS en todas las frecuencias.

continuará...

martes, 30 de junio de 2009

Un paseo demasiado largo II

Decidieron aprovechar el primer sábado del verano en el pequeño barco, para pasar el día navegando. Joaquín se ofreció a pasarla a buscar por su coqueto apartamento en el barrio Montjuic, pero Sofía no aceptó, ya que consideró que si la cosa se ponía "pesada", sería mejor tener su propio coche a la mano. A las 7:30 en punto, radiante como una valkiria, con un bolso al hombro y su notebook en mano, subió al velero, ayudada por Joaquín.

La mañana estaba espléndida. El “Macarena”, tal el nombre del velero, era muy marinero y todo fue de maravilla.

Mientras se alejaban de la costa, con Joaquín al timón, Sofía preparó sendas tazas de té bien cargado y unos biscochos secos.

Una vez establecido el rumbo (sur-suroeste), prepararon sus respectivas notebooks y se pusieron a trabajar. Minutos después ya estaban discutiendo acaloradamente. Sofía estaba diciendo algo referente a la logística y el almacenaje cuando él la atrajo así si y la besó apasionadamente. Ella sin dudarle le correspondió. En un momento Sofía lo empujó, cosa que sorprendió a Joaquín, pero fue para desnudarse rápidamente a si misma. Comenzaron a hacer el amor en cubierta, a la vista de una bandada de gaviotas mediterráneas bastante alborotadas.

Las manos y las lenguas recorrieron los cuerpos bien formados de ambos, con la urgencia de dos que se han deseado por demasiado tiempo. Continuaron en una de las cuchetas…

-¿Quieres un café? –Preguntó Joaquín mientras le acariciaba la espalda.

-Vale.

-Porque no subes a cubierta, te asoleas un momento mientras lo preparo.

Sofía solo vestida con la parte inferior de la bikini y unos lentes oscuros, se acomodó en cerca del mástil dispuesta a disfrutar del sol veraniego. Pero pasados unos minutos algo llamó su atención. Se sacó los anteojos y parpadeó. Algo andaba mal con la luz. Miró hacia el cielo y lo notó de un color indefinido, entre gris, celeste y lila, pero no uniforme, sino “¿Marmolado?” pensó intrigada Sofía. Al mismo tiempo, una extraña niebla se perfilaba en la lontananza.

-¡Oye, Joaquín, ven a ver esto!

El andaluz salió con una taza de humeante café en cada mano.

-¡Joder, que está raro el cielo! Mira Sofía, el compás ha enloquecido.

Efectivamente, la aguja del instrumento giraba locamente.

También el GPS y las computadoras se comportaban en forma anómala, como si un virus informático se hubiese adueñado de ellas, por lo que optaron por apagarlas.


continuará...

viernes, 26 de junio de 2009

Un paseo demasiado largo I

Hola, volví a escribir un cuento, espero que les guste, gracias.

Le dio una larga pitada al último Benson & Hedges, tomó lo que quedaba del cigarrillo entre el pulgar y el índice y lo arrojó por encima de la borda. La colilla describió una parábola y con un fizzzz se apagó al tomar contacto con el agua. Sofía la miró durante un momento, meciéndose en el mar al vaivén de las olas, alejándose del velero que se había constituido en su único hogar.

“Ahora si dejé de fumar” pensó Sofía y rió amargamente. Volvió su atención a las improvisadas líneas de pesca. Hasta ahora, la suerte le había resultado esquiva, pero era prioritario pescar algo, ya que la comida enlatada y los snacks no durarían para siempre. Temía bajar a tierra y encontrarse con los “otros”, por lo tanto debía pescar.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que partió de la Marina Port Vell, uno de los puertos de Barcelona? “A ver, hoy es Martes”, tan solo cinco días la separaban de su vida anterior. Bien podían haber transcurrido cincuenta mil años.

Todo comenzó como una excursión, un paseo en el velero de Joaquín. Él y Sofía son (eran) compañeros y adversarios en una compañía catalana de exportación e importación, desde hacía solo unas pocas semanas. Ella era encargada de Compras y Joaquín el jefe de Ventas. Ya en la primera reunión de trabajo chocaron; Sofía reclamando que Ventas no se comprometiera con los clientes sin avisar a Compras, Joaquín, presionado por la Gerencia General, pidiendo celeridad a Compras. Ella es una belleza del tipo escandinavo, Joaquín un morocho, andaluz de cabo a rabo.

-Luis, este tipo es un gilipollas. -estalló un día Sofía frente al señor Rodríguez, su inmediato superior. Luis Rodríguez había llegado desde Argentina en los “años de plomo” de la dictadura militar. Se puso a trabajar duro, como queriendo llenar el tiempo lejos de su hogar. Hoy, con solo 50 años, y siendo uno de los capos máximos, estaba a punto de retirarse, aquejado de un puto cáncer, y había nombrado a Sofía su sucesora, su “Delfina” como le solía decir.

-Vení piba, oime bien, prestame mucha atención. –a pesar de los años lejos de su Buenos Aires querido, siempre afloraba algún término porteño, sobre todo cuando se enojaba o como en este caso, cuando quería transmitir algún mensaje importante, como un sabio maestro dirigiéndose a un discípulo. Abriendo la ventana del lujoso piso barcelonés, prendió un cigarrillo, a pesar de las prohibiciones de fumar en el ámbito laboral. Sofía reprimió el impulso de retarlo, pero un poco de tabaco no haría diferencia en la menguada salud del hombre, a quién quería como un padre.
-Con todo el respeto que me merecés, no tomes a mal lo que te voy a decir. Me parece que ustedes dos están recalientes y hasta que no se encamen la cosa seguirá jodida. La tensión sexual se corta con un cuchillo.
Dicho esto, el veterano se dio media vuelta y se puso a mirar el tránsito, 20 pisos más abajo.
La primera reacción de Sofía fue gritar y arrojarle un pisapapeles a su jefe. Pero contó hasta 10 (en realidad hasta 20) y meditó sobre el asunto. Así surgió la idea de una salida con Joaquín, un after-office para limar asperezas. Fue él quién, a pesar de la sorpresa inicial, sugirió salir a navegar por el Mediterráneo.

continuará...